Las lluvias de El Niño abren una oportunidad para los drones agrícolas, cuya superficie aplicada pasó de 50.000 a más de 2 millones de hectáreas en dos años. Especialistas de Bidcom Agro advierten que volar no equivale a aplicar bien.
Las proyecciones climáticas coinciden en que el centro-norte del país, donde se concentra el grueso de la producción agrícola, será durante los próximos meses el epicentro de las abundantes lluvias asociadas a El Niño, que se intensifica de cara al último tramo del año. Esa disponibilidad de agua mejora las estimaciones de rendimiento, pero plantea interrogantes sobre el trabajo con la maquinaria y las ventanas temporales para hacerlo: son condiciones que parecen propicias para el uso de drones agrícolas, tanto para aplicar como para sembrar al voleo en las zonas donde el ingreso por tierra se dificulte.
La adopción de esta tecnología viene creciendo a ritmo exponencial. La cantidad de hectáreas aplicadas con drones pasó de 50.000 a más de 2 millones en dos años y, desde 2023 a la fecha, se estima que las aeronaves operando se multiplicaron por 30: de unos 100 equipos a alrededor de 3.000.
En una campaña gruesa con pocas ventanas libres de lluvias, el sector proyecta dificultades de piso en el lote. Sin piso, una pulverizadora terrestre probablemente no pueda ingresar a tiempo ni operar sin riesgo de formar huellas o compactar el terreno. Allí los drones muestran sus cartas no para reemplazar a la maquinaria convencional, sino como complemento en el momento necesario. “Si no puedo entrar y no aplico, las malezas siguen creciendo. Una maleza adulta es mucho más resistente y tolerante que una joven. Por eso, entrar y aplicar en el momento justo representa también un ahorro, ya que impacta directamente en la eficacia del control y en la eficiencia de la aplicación”, sostuvo el ingeniero agrónomo Matías Fernández Koller, jefe de Investigación y Desarrollo de Bidcom Agro.
Sin embargo, desde Bidcom Agro —representante oficial de DJI Agras en el país— advierten que “poder entrar al lote no garantiza por sí solo una buena aplicación”. El dron opera con mezclas diferentes a las terrestres, más concentradas y de menor cantidad de litros, y a distancias distintas: en lugar de hacerlo a un metro del suelo, lo hace a tres o cuatro metros.
Para Fernández Koller, volar el equipo es lo relativamente sencillo: “Eso es relativamente sencillo porque es un robot autónomo. Uno le indica cuál es el lote, genera el plan de vuelo, arranca y vuelve solo. Lo importante es capacitarse en los parámetros de aplicación y entender cómo utilizarlo correctamente”. Y agregó: “La calidad de aplicación con un dron es más desafiante”.
Desde la firma insisten en esa mirada integral: “Para trabajar eficientemente hay que prever abastecimiento de agua, preparación y agitación del caldo, carga de baterías y logística. El dron debe pensarse como parte de un sistema de aplicación”. A tal fin proponen su propio ciclo de formación, conocido como “DJI Academy”. En un sector de fuerte crecimiento, las ventas de drones se reparten hoy en proporciones similares entre productores y contratistas, para escalas y usos diferentes.